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BLOG DE JUAN YÁÑEZ.., quien se complace de tenerlos por aquí...
No somos seres humanos pasando por una experiencia espiritual.., somos seres espirituales pasando por una experiencia humana.
domingo, 1 de marzo de 2015
viernes, 30 de enero de 2015
Un sacerdote cuelga el hábito ovacionado por los parroquianos porque va a ser padre.
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| El sacerdote Claudio Cavallo |
ÁNGEL
GÓMEZ FUENTESAGFUENTES1 / CORRESPONSAL EN ROMA
Día
30/01/2015 - 17.37h
El italiano
Claudio Cavallo anunció tras la homilía que va a tener un hijo en marzo con una
de las vecinas pero que va a seguir trabajando para la Iglesia
El caso
es insólito en Italia. El sacerdote Claudio Cavallo, de 50 años, ha anunciado
al final de su homilía que debía abandonar la sotana y la parroquia para fundar
otra familia, la formada con su compañera de 47 años, una parroquiana con la
que tendrá un hijo que nacerá en marzo. «Debo daros una noticia insólita»,
comunicó el propio don Claudio a los fieles que llenaban la iglesia de Borgo
San Dalmazzo, un pueblo de 12.000 habitantes de la provincia de Cuneo, en el
norte de Italia.
El
sacerdote, que pasó diez años como misionero en África, se despidió emocionado
de sus feligreses. «En la
Iglesia no es posible todavía desarrollar el ministerio
sacerdotal y al mismo tiempo formar una familia. Después de una larga y seria
meditación, oración y diálogo con mis superiores, he decidido afrontar un nuevo
camino. La Iglesia
es madre y continuaré trabajando por la Iglesia que amo y por la que me he dedicado por
entero».
Estas
palabras de don Claudio fueron acogidas por los fieles con un caluroso aplauso
que duró varios minutos y muchos no lograron contener las lágrimas. A la hora
del adiós, el sentimiento de los parroquianos era unánime: «un bravo sacerdote
que ha entrado en el corazón de la gente».
El obispo
de la diócesis, Giuseppe Cavallotto, afirma en un comunicado que «se ha tratado
de una decisión vivida con sinceridad y dictada por la coherencia con su nueva
orientación de vida; continuarán siendo un hijo de esta Iglesia y nuestro
hermano que amamos».
Algunos
conocían su «relación»
Cuando
llegó al pueblo hace cinco años y medio, don Claudio se presentó así en la
parroquia: «El sentido de ser cura hoy se encuentra si uno está en medio a la
comunidad y manteniendo relaciones reales con todos». Este ha sido su estilo y
por eso era apreciado. Algunos conocían su «relación» con una parroquiana, pero
ninguno se escandalizó y en general hoy se comparte esta opinión: «Ha sido un
cura extraordinario, preparado. ¿Qué mal hay si ha encontrado una compañera y
si se aman? Un hijo es solo una bendición».
Sin duda,
los fieles de Borgo San Dalmazzo recordarán siempre las últimas palabras de don
Claudio como sacerdote antes de la última bendición: «Solamente el amor
construye una vida y la hace auténtica».
martes, 19 de agosto de 2014
Las esclavas sexuales del Japón imperial no perdonan
SOCIEDAD / VISITA DEL PAPA A COREA DEL SUR
PABLO M. DÍEZ / ENVIADO ESPECIAL A SEÚL ABC MADRID 19/08/2014
Durante la Segunda Guerra
Mundial, Japón raptó a 200.000 niñas asiáticas que utilizaba para satisfacer a
sus tropas
Incluso
siendo católica, la coreana Lee
Yong-su, que tiene 87 años, jamás perdonará a Japón por convertirla de niña
en una esclava sexual de sus tropas durante la Segunda Guerra
Mundial.
«Es
imposible que los perdone porque destrozaron mi vida», explica a ABC la
anciana, que ayer se reunió con el Papa Francisco durante su última jornada
en Seúl. Antes de marcharse de Corea del Sur, el Pontífice recordó la tragedia
de las «mujeres del consuelo».
Así
se conoce a las 200.000 jóvenes prisioneras, sobre todo coreanas, chinas,
filipinas, taiwanesas e indonesias, que fueron utilizadas en los burdeles que regentaba el Ejército imperial
nipón para elevar la moral de sus soldados.
«Espero que el Papa nos ayude a que
Japón reconozca estos hechos», confió Lee Yong-su, quien nació en Daegu en 1929
y fue raptada una noche por los militares mientras dormía en su casa con solo
15 años. La impunidad del régimen colonial nipón era tal que, cuando sus padres
se levantaron a la mañana siguiente, ella ya no estaba allí, sino camino de una
base aérea de «kamikazes» en Taiwán.
«Aunque
me resistí cuando me forzaron, me
daban palizas y me torturaban con
descargas eléctricas», recuerda la anciana. Obligada a satisfacer a varios
hombres al día, Lee Yong-su pasó allí los dos últimos años de la guerra, hasta
que pudo volver a Corea del Sur cuando los japoneses se rindieron en 1945.
Pero,
cuando llegó a su casa, su madre la repudió y le dijo que estaba «maldita».
Desde entonces, sobrevivió como pudo sin casarse y con la única ayuda de la Iglesia católica. En 1992,
un grupo de activistas elaboró un registro de «mujeres del consuelo» para
reivindicar su causa.
Desde
1996, un asilo atiende a una decena. Una de ellas, Kang Il-chun, de 83 años, fue
raptada incluso más joven que Lee Yong-su. «Tenía 13 años y, tras volver del
colegio, unos soldados vieron que estaba sola en mi casa, entraron y me
llevaron a China, primero en un camión y luego en un tren con más jóvenes»,
desgrana la mujer.
«Conocer este drama»
Aunque
las familias les decían a sus hijas que se escondieran si veían a los
militares, Kang Il-chun era
tan pequeña que no sabía lo que le esperaba. «Pensaba que me llevaban a una
fábrica», se lamenta la mujer, que estuvo confinada en una base del Ejército en
Changchun, al noreste de China. «Como tenía 13 años, "solo" debía
satisfacer a cuatro o cinco
hombres al día, pero otras chicas más mayores eran violadas a todas horas»,
cuenta la anciana, que aún se acuerda de «una niña de doce años que murió de
tantos abusos».
Al terminar la guerra, tampoco pudo
regresar a Corea, dividida entre el Norte comunista y el Sur capitalista. Sin
recursos, se quedó en China. Acogida por unos coreanos que vivían en Changchun,
empezó a trabajar como enfermera y, a los 18 años, se casó con un chino, con
quien tuvo tres hijos. En 2000, regresó a Corea del Sur con un programa de
repatriación gubernamental.
La
mujer, que también se reunió con el Papa, espera que su visita sirva «para
dar a conocer este drama». Pero, como Lee Yong-su, insiste en que «jamás
perdonaré a los japoneses».
sábado, 19 de abril de 2014
“La Cosecha” Rabindranath Tagore (Poema 27)
Estaba Sanatan
rezando su rosario junto al Ganges, cuando llegó a él un Brahmín harapiento y
le dijo: “¡Una limosna a este pobrecito!”
“He dado todo lo
que tenía” le respondió Sanatan; “lo único que me queda es mi platillo”.
“Pues Siva,
nuestro Señor, me ha visitado en sueños, y me ha dicho que viniera, dijo el
Brahmín.
Sanatan recordó
de pronto que había encontrado una piedra preciosa entre los guijarros de la
ribera y que la había escondido en la arena, por si alguien la necesitaba.
Le dijo al
Brahmín donde estaba la piedra y el Brahmín la desenterró pensativo. Y se sentó
en el suelo y estuvo meditando en soledad hasta que el sol se puso tras los
árboles y los pastores volvieron con los ganados a sus hogares.
Entonces se
levantó, se fue despacio hasta Sanatan y le dijo: “Maestro lo que quiero es un
pedacito de esa riqueza que desprecia todas las riquezas del mundo.”
Y echó la piedra
preciosa al agua.
Traducción realizada por Zenobia Camprubí de
Jiménez, en colaboración con su esposo, el poeta Juan Ramón Jiménez.
(Rabindranath Tagore. Obra escogida. Editorial
Aguilar. Año 1955)
---¡COGEDLA, que no se os vaya! ¡Amarradla bien a la
tierra!
Un viento no sé dónde, en un desorden de chispas de
sol y estrellas de plata, rojas, verdes, de un día conmovido, rinde, de pronto,
a los hombres desvelados una rama celeste, llena toda de los frutos del árbol
único de la Verdad.
---¡Qué se nos va! ¡Por Dios que nos lleva! ¡Más
fuerte!
Y la rama inmensa se levanta, de nuevo, en paz; se
levanta, se pierde en el cielo…
Y el gran cielo azul y radiante se cierra tras ella,
ordenando la momentánea revolución de día y
noche, las estrellas rosas, grises, de plata y las chispas de oro.
---¡Qué tristeza, qué tristeza, qué tristeza!
Pero el corazón es ya para siempre un cesto vacío,
del tamaño del cielo de la aurora; nostálgico de la belleza inmortal, fruto de
luz divina, que se le ha regalado un momento en la rama rendida del árbol único
de la Verdad.
Juan Ramón
Jiménez (Introducción a “La Cosecha ”)
Rabindranath
Tagore
(06/05/1861 - 07/08/1941)
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Poeta y filósofo indio
“Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.
Nació el 6 de mayo de 1861 en Calcuta (India) en el seno de una familia de brahmanes rica e instruida, Tagore fue el menor de catorce hermanos.
Con 17 años publicó su primer libro de poemas. Pasó algún tiempo en Inglaterra (1878) donde cursó estudios de Derecho. Regresó a su país y no tardó mucho en convertirse en el autor más importante y famoso de la época colonial.
En 1883, se casó con una niña de diez años, con la que tuvo cinco hijos, varios de los cuales murieron pronto; ella falleció en 1902. Tagore no se volvió a casar. Escribió en lengua bengalí. Su obra, muy imaginativa y profundamente religiosa, está impregnada por su amor a la naturaleza y a su tierra. Autor depoesía, cuentos, novelas y obras de teatro, además de componer centenares de canciones populares. En 1929 se inició en la pintura.
Devoto de la paz, denunció el nacionalismo en cualquier país, en cuya manifestación detectó uno de los peores males de su tiempo, opuesto al universalismo al que aspiraba. Intentó inspirar a los seres humanos un sentimiento de que había muchas cosas que los unían. Al igual que Gandhi, se opuso al determinismo de las castas; pero, a diferencia del gran líder hindú, estuvo lejos de profesar desdén por la cultura occidental. Internacionalista decidido y educador, en 1901 fundó en su propiedad bengalí la escuela Santiniketan, para la enseñanza de una mezcla de filosofías orientales y occidentales, que en 1921 se convertiría en
Tagore renovó la poesía y la prosa bengalíes, tanto La casa y el mundo como Gora, una juventud en
Rabindranath Tagore falleció el 7 de agosto de 1941 en Santiniketan.
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“La Cosecha” Poema 27 Rabindranath Tagore
viernes, 22 de noviembre de 2013
50 años de la muerte de C.S. Lewis: «me advirtieron que no confiase nunca en un papista»
2.11.13
A las 1:05 PM,
por Juanjo Romero
Categorías : La Tecla Invitada, Conversiones, Año de la Fe
Categorías : La Tecla Invitada, Conversiones, Año de la Fe
Hoy, hace 50 años morían A. Huxley y C.S. Lewis. También John F. Kennedy, que se llevará todas las portadas y a
mi, personalmente, me parece el menos relevante de los tres.
Supongo que la conversión y el impacto de la obra de Lewis es
conocida (tanto por Narnia como por sus otras, y más interesantes obras). Ya hablé de ello
hace un año, no voy a repetirme.
Quizá un estupendo resumen sobre su «camino» de conversión lo ha
escrito José Ramón Ayllónen su libro «Dios y los náufragos». Se lo tomo prestado. Como escribe
muy bien y está salteado de citas no se nota la extensión.
En cualquier caso es una conversión (no dio el último paso al
catolicismo, se quedó en el anglicanismo) en la que tienen mucho que ver sus
amigos católicos J.R.R Tolkien y Hugh Dyson. Una conversión que nos interpela a
todos y que me recuerda siempre a los amigos del paralítico del
Evangelio, «al ver la fe de esos hombres…» (Mc, 2, 3-5).
Así lo cuenta José Ramón…
C. S. Lewis fue un hombre lleno de
amigos, libros y alumnos. Nació en 1898, y en 1925 ya enseñaba filosofía y
literatura en Oxford. Hasta su muerte en 1963 fue un profesor eminente, autor
de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Su
vida está marcada por su conversión al cristianismo a la misma edad que San
Agustín. Ese giro
radical lo explica y justifica en un puñado de libros escritos con un estilo
vivo y una lógica apabullante. Lewis domina el arte de argumentar. Su
dialéctica apura la ironía y la sutileza, tal y como confiesa haber aprendido
de uno de sus profesores:
«Si alguna vez ha existido un hombre que fuera casi un ente
puramente lógico, ese hombre fue Kirk (…). Le asombraba que hubiera quien no
deseara que le aclarasen algo o le corrigiesen (…). Al final, a menos que me
sobreestime, me convertí en un »sparring« nada despreciable. Fue un gran día
aquél en que el hombre que durante tanto tiempo había peleado para demostrar mi
imprecisión, me acabó advirtiendo de los peligros de tener una sutileza
excesiva».
Ateo pero razonable
Lewis era ateo porque, desde la temprana muerte de su madre, sentía el universo como un espacio terriblemente frío
y vacío, donde la historia humana era en gran parte una
secuencia de crímenes, guerras, enfermedades y dolor.
«Si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu
omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los
testimonios apuntan en dirección contraria».
Pero esta argumentación no era, ni mucho menos, definitiva:
«La solidez y facilidad de mis argumentos planteaban un problema:
¿Cómo es posible que un universo tan malo haya sido atribuido constantemente
por los seres humanos a la actividad de un sabio y poderoso creador? Tal vez
los hombres sean necios, pero es difícil que su estupidez llegue hasta el
extremo de inferir directamente lo blanco de lo negro».
La auténtica verdad de su ateísmo
En cualquier caso, Lewis se sentía más cómodo en su ateísmo:
«Para un cobarde como yo, el universo del materialista tenía el
enorme atractivo de que te ofrecía una responsabilidad limitada. Ningún
desastre estrictamente infinito podía atraparte, pues la muerte terminaba con
todo (…). El horror del universo cristiano era que no tenía una puerta con el
cartel de ‘Salida’».
En 1917 se incorpora al frente francés de la primera guerra
mundial. Un año más tarde cae enfermo y es enviado al hospital de Le
Tréport, donde permanecerá tres semanas.
«Fue allí donde leí por primera vez un ensayo de Chesterton. Nunca
había oído hablar de él ni sabía qué pretendía. Tampoco puedo entender
demasiado bien por qué me conquistó tan inmediatamente. Se podría esperar que
mi pesimismo, mi ateísmo y mi horror hacia el sentimentalismo hubieran hecho
que fuera el autor con el que menos congeniase (…). Al leer a Chesterton, como
al leer a MacDonald, no sabía dónde me estaba metiendo».
Conexiones intelectuales
Al acabar la guerra estudia en Oxford filosofía y literatura
inglesa. Son años de intensa formación intelectual y de innumerables lecturas.
Pero sus libros y autores preferidos no compartían su visión de la vida:
«Todos los libros empezaban a volverse en mi contra (…). George
MacDonald había hecho por mí más que ningún escritor, pero era una pena que
estuviese tan obsesionado por el cristianismo. Era bueno a pesar de eso.
Chesterton tenía más sentido común que todos los escritores modernos juntos…,
prescindiendo, por supuesto, de su cristianismo. Johnson era uno de los pocos
autores en los que me daba la impresión de que se podía confiar totalmente,
pero curiosamente tenía la misma chifladura. Por alguna extraña coincidencia a
Spencer y Milton les pasaba lo mismo. Incluso entre los autores antiguos iba a
encontrar la misma paradoja. Los más religiosos (Platón, Esquilo, Virgilio)
eran claramente aquellos de los que podía alimentarme de verdad. Por otro lado,
con los escritores que no tenían la enfermedad de la religión y con los que,
teóricamente, mi afinidad tenía que haber sido total (Shaw, Wells, Mill,
Gibbon, Voltaire), ésta afinidad me parecía un poco pequeña. No era que no me
gustaran. Todos ellos eran entretenidos, pero nada más. Parecían poco profundos,
demasiado simples. El dramatismo y la densidad de la vida no aparecían en sus
obras».
Profesor con prejuicios
Terminó sus estudios con las máximas calificaciones y pasó a
formar parte del claustro de profesores del Magdalen College. Allí, nuevos
amigos provocarán «la caída de los viejos prejuicios»:
Al entrar por primera vez en el mundo me había advertido
(implícitamente) que no confiase nunca en un papista, y al entrar por primera
vez en la Facultad
(explícitamente), que no confiara nunca en un filólogo. Tolkien era ambas
cosas.
En el Magdalen enseña filosofía, pero su aguado hegelianismo no le
resulta muy útil a la hora de enfrentarse a una tutoría:
Un tutor debe aclarar las cosas, y yo no podía explicar el
Absoluto de Hegel. ¿Te refieres a nadie-sabe-qué, o te refieres a una mente
sobrehumana y por tanto (también podemos admitirlo) a una persona?
Conversión
Cada vez intelectualmente más cerca
Cuando vuelve a leer a Chesterton, el
ateísmo de Lewis tiene los días contados.
«Después leí el Everlasting Man de Chesterton, y por primera vez vi
toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía
tener sentido (…). No hacía mucho que había terminado el Everlasting
Man cuando me ocurrió
algo mucho peor. A principios de 1926, el más convencido de todos los ateos que
conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las
pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. ‘Es
extraño’, continuó, esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño.
Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vez. Para comprender el
fuerte impacto que me supuso tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca ha
demostrado ningún interes por el cristianismo). Si él, el cínico de los
cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿a dónde podría volverme
yo? ¿Es que no había escapatoria?»
Conversión al cristianismo
Lewis se siente acorralado y nos describe su situación con una
imagen muy británica:
«La zorra había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por
campo abierto ‘con todo el dolor del mundo’, sucia y cansada, con los sabuesos
pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía a la jauría: Platón,
Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría. Todo el
mundo y todas las cosas se habían unido en mi contra».
Siente entonces que su Dios filosófico empieza a agitarse y a
levantarse, se quita el sudario, se pone en pie y se convierte en una presencia
viva. La filosofía deja de ser un juego lógico desde que ese Dios renuncia a la
discusión y se limita a decir: «Yo soy el Señor».
«Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche
tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba del trabajo, el
acercamiento continuo, inexorable, de Aquél con quien, tan encarecidamente, no
deseaba encontrarme. Al final, Aquél a quien temía profundamente cayó sobre mí.
Hacia la festividad de la
Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de
rodillas, recé. Quizá fuera aquella noche el converso más desalentado y remiso
de toda Inglaterra».
«Hasta entonces yo había supuesto que el centro de la realidad
sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una
Persona».
Y el día que identifica a Jesucristo con esa Persona sabrá que ha
dado su último paso, y lo recordará siempre:
«Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no
creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí.
Pero no me había pasado todo el trayecto sumido en mis pensamientos, ni en una
gran inquietud (…). Mi estado se parecía más al de un hombre que, después de
dormir mucho, se queda en la cama inmóvil, dándose cuenta de que ya está
despierto».
El problema del dolor
Parece necesario en este mundo
El ateísmo de Lewis había sido fruto de su pesimismo sobre el
mundo:
«Algunos años antes de leer a Lucrecio ya sentía la fuerza de su
argumento, que seguramente es el más fuerte de todos en favor del ateísmo: Si
Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e imperfecto como el
que vemos».
Años después de su conversión, en 1940, Lewis escribe por encargo The
problem of pain (El
problema del dolor). Si Dios fuera bueno y todopoderoso, ¿no podría
impedir el mal y hacer triunfar el bien y la felicidad entre los hombres? En esas páginas que se han hecho
famosas, Lewis reconoce que «es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios
corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus
criaturas. Un mundo donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al
emplearlo como arma, o donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos
emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos».
«En un mundo así, sería imposible cometer malas acciones, pero eso
supondría anular la libertad humana. Más aún, si lleváramos el principio hasta
sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues
la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando
intentáramos concebirlos. Y así, la materia cercana a un hombre malvado estaría
expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por eso, si tratáramos de excluir
del mundo el sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de
voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida
misma».
Un «megáfono» de Dios
Pero esto no muestra el sentido del dolor, si es que lo tiene. Ni
demuestra que Dios pueda seguir siendo bueno cuando lo permite. Para intentar
expliclar este misterio Lewis recurre a la que quizá sea la más genial de sus
intuiciones. «El dolor, la injusticia y el error –nos dice– son tres tipos de
males con una curiosa diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados
por el que vive dentro de ellos, mientras que el dolor, en cambio, no puede ser
ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda
mal cuando ella sufre. Y es que Dios –afirma Lewis– nos habla por medio de la
conciencia, y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono
para despertar a un mundo sordo».
Lewis explica que «un hombre injusto al que la vida sonríe no
siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el
sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien».
«El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un
instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero
también puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse. El dolor
quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la
fortaleza del alma rebelde».
Lewis no dice que el dolor no sea doloroso. «Si conociera algún modo de escapar de
él, me arrastraría por las cloacas para encontrarlo». Su propósito es poner de
manifiesto lo razonable y verosímil de la vieja doctrina cristiana sobre la
posibilidad de perfeccionarse por las tribulaciones.
¿Dios o las leyes de la naturaleza?
Las leyes de naturaleza son posteriores
A Lewis le cuenta un amigo el caso de una pobre mujer que cree que
su hijo sobrevivió a la batalla de Arnhem porque ella rezó por él. Sería cruel
explicarle que, en realidad, sobrevivió porque se hallaba un poco a la
izquierda o un poco a la derecha de las balas, que seguían una trayectoria
prescrita por las leyes de la naturaleza.
Lewis responde que «la bala, el gatillo, el campo de batalla y los
soldados no son leyes de la naturaleza, sino cosas que obedecen a las leyes. Y
lo ilustra con este ejemplo: podemos añadir cinco dólares a otros cinco, y
tendremos diez dólares, pero la aritmética por sí misma no pondrá un solo dólar
en nuestros bolsillos. Eso significa que las leyes explican todas las cosas
excepto el mismo origen de las cosas, y esa es una inmensa
excepción».
Lewis concluye su argumentación con una deslumbrante comparación
literaria:
«En ‘Hamlet‘ se rompe
una rama y Ofelia cae al río y se ahoga. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la
rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en esa escena? Puedes elegir
la respuesta que más te guste, pero la alternativa no es real desde el momento
en que Shakespeare es el autor de la obra entera
martes, 22 de octubre de 2013
LA HUMILDAD (La reina de todas las virtudes) EL SIGNIFICADO DE LA VIDA
"La humildad es verdad, y la verdad es humildad". Pío de Pietrelcina
"Si quieres ser grande, comienza por ser pequeño; si quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo, piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que se trate de levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento. Y mientras el edificio que se construye se eleva hacia lo alto, el que cava el cimiento se abaja hasta lo más profundo. El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". San Agustín
La humildad no es un concepto, es una
conducta, un modo de ser, un modo de vida. La humildad es una de las virtudes
más nobles del espíritu. Los seres que carecen de humildad, carecen
de la base esencial para un seguro progreso. Las más bellas cualidades sin
humildad, representan lo mismo que un cuerpo sin alma.
La humildad es signo de fortaleza.
Ser humilde no significa ser débil y ser soberbio no significa ser fuerte,
aunque el vulgo lo interprete de otra manera.
La humildad es la más sublime de todas las virtudes admirables. Virtud sin humildad no es virtud. El que posee la humildad en alto grado, generalmente es poseedor de casi todas las virtudes, pues la humildad nunca se encuentra sola. Ella es aliada inseparable de la modestia y forma una trilogía con la bondad.
La humildad es la más sublime de todas las virtudes admirables. Virtud sin humildad no es virtud. El que posee la humildad en alto grado, generalmente es poseedor de casi todas las virtudes, pues la humildad nunca se encuentra sola. Ella es aliada inseparable de la modestia y forma una trilogía con la bondad.
La humildad nos hace tolerantes,
pacientes y condescendientes con nuestros semejantes. Es la mansedumbre, la
prudencia, la paciencia, la fe, la esperanza.
La humildad es signo de evolución
espiritual. El humilde es un ser que ya ha limado muchas de sus impurezas e
imperfecciones. Si algún acontecimiento sacude violentamente su espíritu, el
humilde sabe recibir los golpes de la vida con fe y resignación y pronto su alma encuentra
el alivio necesario.
Los beneficios de la humildad
Los beneficios de la humildad
1. Quien aprende a realmente ser humilde,
logra vivir una vida más feliz.
2. Al estar en armonía con uno mismo, se
está dispuesto a mostrar honor y aprecio hacia otras personas. Valorarse a sí
mismo trae aparejado valorar a los demás.
3. La humildad crea serenidad y
tranquilidad
4. Con humildad se desarrolla la
capacidad de admitir las equivocaciones, ya que se elimina el miedo a sentir
que uno no vale nada. Al conocerse a sí mismo, la crítica se transforma en una
posibilidad de crecimiento.
5. Con humildad, es más fácil perdonar a
otros rápidamente.
6. Humildad es apreciar lo que tenemos,
es tener conciencia de que todo es un regalo.
sábado, 12 de octubre de 2013
El fundamento cristiano de la felicidad
ROSALÍA MOROS DE BORREGALES | EL UNIVERSAL
sábado 12
de octubre de 2013 12:00
AM
El mundo entero se encuentra en una
búsqueda incansable por la felicidad. A través de todos los tiempos la historia
de la humanidad se ha caracterizado por una gran diversidad de luchas y
conquistas cuyo objetivo ha llevado implícito el anhelo de una vida feliz. Sin
importar raza, credo o condición social todos estamos marcados por ese deseo
anhelante de autorrealización, estabilidad y paz. Sin embargo, mientras más
conocimiento adquirimos pareciera que somos menos sabios en los asuntos
cotidianos de la vida; mientras más estabilidad económica adquirimos nos
hacemos cada vez más conscientes de que no hay dinero que pueda pagar las cosas
realmente importantes de la vida.
Por esta razón, al hablar de felicidad no nos referimos a todos esos íconos que se han levantado en la sociedad de nuestro siglo como los proveedores de una vida feliz. Hablamos más de ser "bendecidos" que de ser "felices" según el concepto efímero del mundo basado en las riquezas, el conocimiento, la fama y la belleza. Hablamos de ese tipo de felicidad que trasciende lo material; de esa paz interior que puede librarnos de la ansiedad capaz de encarcelar nuestras almas. No esa felicidad concebida por el ser humano como un algo absoluto cuya búsqueda solo ha sido capaz de crear una gran frustración en nuestras almas insatisfechas. Hablamos de la felicidad que se produce en el ejercicio diario de una vida de amistad con el Creador.
Enclavada en el Sermón dela
Montaña pronunciado por Jesús de Nazaret hace más de dos mil
años se encuentra la llave para esta vida feliz: ¡Las Bienaventuranzas! El
fundamento cristiano de la felicidad. Una guía paso a paso para lograr la paz.
La primera de ellas llama dichosos, felices o bienaventurados a los pobres en espíritu, una idea controversial en nuestra
concepción de la felicidad. Pero, ¿de qué tipo de pobreza nos habla Jesús?
Ciertamente, no se refiere a la pobreza caracterizada por la escasez de bienes
materiales, se refiere a aquellos que se encuentran en necesidad espiritual,
aquellos que reconocen su escasez para con las cosas del espíritu. Pues, el
pobre en espíritu es el opuesto al soberbio. Es el humilde de corazón, que
viene delante de Dios reconociendo, por una parte, su insuficiencia y, por
otra, la suficiencia de Dios.
Así, aquel que es capaz de reconocer su pequeñez ante la grandeza de Dios posee un alma sensible para llorar por el dolor del hermano, bienaventurados los que lloran; los que piden perdón a aquellos a quienes les han causado dolor; pues, todos irremediablemente, en algún momento nos convertimos en los responsables del dolor de otro. En definitiva, las lágrimas son el símbolo de la sensibilidad y del arrepentimiento. Luego, Jesús exclama bienaventurados los mansos, los que aun sintiendo ira en sus corazones no le dan lugar a la guerra. Aquellos que deciden transitar el camino de la restauración y no el de la destrucción. Contrariamente al concepto del mundo, el manso no es un menso, pues se requiere de suficiente inteligencia y de autoestima para pasar por alto la ofensa, para no darle rienda suelta a los más viles sentimientos implícitos en la venganza.
Por esa razón, son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque a pesar de su humanidad pueden encomendar su causa al único juez que justa justamente. Aquellos que han entendido que por encima de todas las estrategias del ser humano, Dios es soberano y sus ojos ven a todos los hombres. A continuación, Jesús nos impele a dar un paso más profundo en el camino de la felicidad cuando dice: -bienaventurados los misericordiosos, nos insta a la práctica del amor de Dios, no el amor del sentimiento, sino el de la decisión de la práctica del bien por encima del mal. El amor que no lanza la piedra porque se sabe tan vulnerable como el prójimo.
Aquel que en sustitución de la venganza es capaz de usar la misma misericordia de la que ha sido objeto por parte de Dios mantiene limpio su corazón de toda amargura, resentimientos y odios; por eso, Jesús llama bienaventurados a los de limpio corazón. Y solo aquellos que no se dejan contaminar por las bajezas del alma alejada del bien son capaces de convertirse en hacedores de paz. ¡Bienaventurados los pacificadores! Los que caminan la segunda milla, los que enarbolan la bandera blanca. Los que hacen todas estas cosas son instrumentos de la justicia de Dios, y muchos pueden llegar a ser perseguidos. -Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia. De tal manera que podemos declarar hoy: Nuestro cristianismo no es de meras palabras, nuestras vidas están fundamentadas en Dios. Somos seres humanos falibles, como todos, pero nuestra felicidad depende de Aquel que todo lo dio en la cruz por nosotros. A El encomendamos nuestra causa.
¡La felicidad consiste en estar en las manos de Dios!
Por esta razón, al hablar de felicidad no nos referimos a todos esos íconos que se han levantado en la sociedad de nuestro siglo como los proveedores de una vida feliz. Hablamos más de ser "bendecidos" que de ser "felices" según el concepto efímero del mundo basado en las riquezas, el conocimiento, la fama y la belleza. Hablamos de ese tipo de felicidad que trasciende lo material; de esa paz interior que puede librarnos de la ansiedad capaz de encarcelar nuestras almas. No esa felicidad concebida por el ser humano como un algo absoluto cuya búsqueda solo ha sido capaz de crear una gran frustración en nuestras almas insatisfechas. Hablamos de la felicidad que se produce en el ejercicio diario de una vida de amistad con el Creador.
Enclavada en el Sermón de
Así, aquel que es capaz de reconocer su pequeñez ante la grandeza de Dios posee un alma sensible para llorar por el dolor del hermano, bienaventurados los que lloran; los que piden perdón a aquellos a quienes les han causado dolor; pues, todos irremediablemente, en algún momento nos convertimos en los responsables del dolor de otro. En definitiva, las lágrimas son el símbolo de la sensibilidad y del arrepentimiento. Luego, Jesús exclama bienaventurados los mansos, los que aun sintiendo ira en sus corazones no le dan lugar a la guerra. Aquellos que deciden transitar el camino de la restauración y no el de la destrucción. Contrariamente al concepto del mundo, el manso no es un menso, pues se requiere de suficiente inteligencia y de autoestima para pasar por alto la ofensa, para no darle rienda suelta a los más viles sentimientos implícitos en la venganza.
Por esa razón, son bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque a pesar de su humanidad pueden encomendar su causa al único juez que justa justamente. Aquellos que han entendido que por encima de todas las estrategias del ser humano, Dios es soberano y sus ojos ven a todos los hombres. A continuación, Jesús nos impele a dar un paso más profundo en el camino de la felicidad cuando dice: -bienaventurados los misericordiosos, nos insta a la práctica del amor de Dios, no el amor del sentimiento, sino el de la decisión de la práctica del bien por encima del mal. El amor que no lanza la piedra porque se sabe tan vulnerable como el prójimo.
Aquel que en sustitución de la venganza es capaz de usar la misma misericordia de la que ha sido objeto por parte de Dios mantiene limpio su corazón de toda amargura, resentimientos y odios; por eso, Jesús llama bienaventurados a los de limpio corazón. Y solo aquellos que no se dejan contaminar por las bajezas del alma alejada del bien son capaces de convertirse en hacedores de paz. ¡Bienaventurados los pacificadores! Los que caminan la segunda milla, los que enarbolan la bandera blanca. Los que hacen todas estas cosas son instrumentos de la justicia de Dios, y muchos pueden llegar a ser perseguidos. -Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia. De tal manera que podemos declarar hoy: Nuestro cristianismo no es de meras palabras, nuestras vidas están fundamentadas en Dios. Somos seres humanos falibles, como todos, pero nuestra felicidad depende de Aquel que todo lo dio en la cruz por nosotros. A El encomendamos nuestra causa.
¡La felicidad consiste en estar en las manos de Dios!
Etiquetas:
El fundamento cristiano de la felicidad
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